Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta 1922. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1922. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de febrero de 2014

Propuesta para hoy, día 2 de febrero. "Maison de les amis des livres", "Shakespeare and Company" y "Ulises".


(Asteriscos * remiten a Efemerísticas Razones)

La foto tiene la belleza chispeante de la que hablara Lautremont. Y convulsa, como le gustaba decir a Breton. Marilyn abría el libro al azar, como los santos antiguos, y "echaba suertes". La imagen reúne de forma primorosa la alta y la baja cultura, de tal manera que quien elija se privará de parte del paraíso.


Fue tomada la misma primavera en la que murió, harta del síndrome de Ménière, Adrienne Monnier (1955).

En el París desolado de 1915, el 15 de noviembre y en el 7 de la Rue de l'Odeon, Adrienne Monnier abrió una librería misericordiosa. No hubiera dejado de ser un mera insensatez, como tantas, de no haber sido por lo que fue. "La Maison de les Amis des Livres", se convirtió en Centro de Día (y de noche) de todo el amplio espectro de la inteligentsia parisiense de la época. Allí, mientras Breton leía un número de "Les soirées de París", se le presentó Aragón. De esta manera quedó conformado el comando "los tres mosqueteros". Sin Adrienne Monnier no hubiera existido la Sylvia Beach que conocemos, y sin Sylvia Beach la magna obra de Joyce hubiera sido privada de parte de su áura. Y tampoco sabríamos de la pasión de Valéry por la nuez moscada. La librería cerró en el 51.



Breton: "A.M. ha hecho de su tienda un lugar de encuentro intelectual más atractivo del momento... Las amables pinceladas que puede introducir en la conversación, las oportunidades que le da a la gente joven, e incluso las provocativas maneras de sus gustos: no le faltan cartas de triunfo en las manos".
A. Mannier correspondió, con su deferencia y bondad connatural: "Su belleza no era angelical (graciosa), sino arcangelical (seria)." Bueno, cuando uno sigue leyendo no sabe muy bien en qué consiste esa hermosura...

Fue el sitio al que nunca llegó Vaché: "TE ESTOY ESPERANDO" le escribió Breton (1919). Lo umorístico del caso es que el destinatario había sido encontrado muerto el día de la epifanía, y desde la nada de Nantes pudo haber exigido ¡SOY YO QUIEN TE ESTÁ ESPERANDO, IDIOTA! La carta-collage fue escrita en la librería de la Monnier. La lectura a la que había sido reclamado, no tuvo lugar. (ver Propuesta del 6 de enero).

Jamás había oído aquel nombre, ni el barrio de Odéon me era familiar, pero algo irresistible dentro de mí me atrajo hacia el lugar donde iban a sucederme cosas tan importantes. Crucé el Sena y pronto me hallé en la calle de l’Odéon. Al final de la misma había un teatro que podía recordar a las Casas Coloniales de Princeton y, hacia media calle, en el lado izquierdo se veía una pequeña librería de color gris con las palabras “A. Monnier” encima de la puerta. Contemplé los atractivos libros del escaparate y, escudriñando hacia el interior de la tienda, vi todas las paredes cubiertas de estantes llenos de volúmenes recubiertos de ese brillante papel de celofán con que están forrados los libros franceses mientras esperan, generalmente durante largo tiempo, que los lleven al encuadernador. Aquí y allá había también interesantes retratos de escritores. (...) Adrienne Monnier era una mujer robusta, rubia y blanca como una mujer escandinava, de mejillas sonrosadas y pelo lacio peinado hacia atrás desde la frente. Sus ojos eran muy llamativos, de un azul gris indefinido, ligeramente saltones recordándome a los de William Blake, y su aspecto era el de una persona llena de vida". (Sylvia Beach: Shakespeare and Company).

Claude Roy, que por entonces era casi un bebé, la recordará así:

"monja discretamente budista, era redonda y rústica, vestida con sayal gris y pañoleta de lana cruda, de ojos azules dulcemente obstinados y mejillas como lavadas con jabón de Marsella" (Claude Roy).

Aunque la gloria postrera se postró ante Sylvia, es Adrienne quien la merece en mayor medida. Abeja que libaba de flor en flor. Madre y librera. Santa de la hermandad de los desamparados. Lo que pudo acabar como un turbio y subterráneo duelo* borgiano, se convirtió en una historia de amor y solidaridad que no debe olvidarse. "El día 2 de febrero de 1964, Clara Glencairn murió de aneurisma." y "Marta comprendió que su vida ya carecía de razón."

Sylvia llegó a París, desde USA, en plena guerra, como punta de lanza de la avalancha posterior. Empieza la relación con Adrienne y en el 19 abre, con ayuda de su querida Monnier, su propia librería: Shakespeare and Company. Antes de instalarse en el nº 12 de rue de l'Odeon, frente al hogar-librería de Adrienne, había ocupado el 8 rue Dupuytren, justo donde, en consonancia con los tiempos, se ha instalado un establecimiento de cosmética bio, y antes había sido una lavandería. Así se repartieron el trabajo: una de las letras francesas y la otra de las anglosajonas. La clientela era compartida. Ya que Monnier no pudo abrir una sucursal francesa en la gran manzana, Sylvia abrió una libreria americana en el barrio latino: Todo más fácil y más barato. Fue entonces cuando Satie compuso la "Marche de la Cocagne", himno oficial de los Potassons, como así se decían los clientes de Monnier.



Infórmense Uds. Infórmense.... Yo les ayudo un poco. Potasson: "variedad de la especie humana que se distingue por su gentileza y su forma de entender la vida (...) Cuando los potassons se juntan, todo va bien, todo tiene fácil arreglo, no hay que hacer mucho esfuerzo para divertirse, el mundo es claro, se atraviesa de una punta a otra, de principio a fin, desde las grandes bestias de los orígenes--las hemos visto, estábamos allí-- hasta el fin de los fines, donde todo vuelve a empezar, siempre con ganas y buen humor" (Leon-Paul Fargue).

Heminway, repuesto de su grave percance italiano, llegó a París recién comenzada la década de los veinte. Se instaló en el 74 de Cardinal Lemoine, en una esquina imposible, pero sus verdaderos hogares fueron el 27 de rue Fleury y el 8 y el 12 de la calle del Odeon, "que el viento barría"... El bigotito empezaba a crecer. Y su afición cutre a los toros, también. Gracias a estos ángeles, conoció a Pound, Fitgerard, Joyce... y gracias a la gorda, a Picasso, Miró, Gris... Se quejaba Ernest de la ausencia de restaurantes baratos por su zona. Bueno, pues...¡asunto solucionado! Aquello está atestado de establecimientos hosteleros. Incluso, podría, ahora, escoger entre el "Burro Blanco", frente a su casa y el "Bar Pepe", en la vecina Vaugirard., especializados en paellas y calamares, así como en rabo de toro y casquería variada (por encargo) y, como pueden inducir, establecimientos españoles abiertos en las prodigiosas décadas pasadas, aunque parezcan del neolítico.




Como ya habrán imaginado Uds. me encuentro a buen recaudo. La elección no ha sido fácil: El "Burro blanco", nada que ver con el burrito blanco ("Nadie") que Zo d'Axa presentó a las elecciones a la Asamblea Nacional en 1898, por el disparatado Montmatre de la época, está frente con frente con el bar "Descartes". Parte de mí, mi parte hispana y cateta (perdonen la redundancia), me empujaba hacia el cuadrúpedo albino; mi parte doctoral, ya casi olvidada, me susurraba que tomara una silla en el establecimiento del pensador. La decisión cayó por su propio peso: el "Burro" abre sólo por las noches. Así que aquí me tienen pasando un frío polar, cubierto de arriba abajo con mis prendas queridas y siendo el hazmerreir de todo el barrio. De nada vale que proclame el motivo de mi visita. Un mamarracho es un mamarracho.

Aquí no sirve nadie.

"Ese día (2 de febrero del año 1922) Sylvia Beach (...), estuvo paseando en París a lo largo del andén de la Gare de Lyon largo rato, inquieta, mientras aguardaba, envuelta por el frío aire de la mañana, la llegada del tren de Dijon. El expreso llegó a las siete en punto de la mañana." (Vila-Matas...pero podrían haberlo escrito Uds. mismos).

Sylvia no esperaba un cargamento de mostaza ni unas botellitas de Borgoña. Corrió hacia el revisor y le arrancó de las manos el paquete que el funcionario no sabía exactamente a quién entregar. Se evidenció que el revisor no había leído a Heminway (ni él ni nadie, por lo demás), pues, de lo contrario, hubiera dado enseguida con la destinataria que:

"Tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña, y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en ls conversaciones, y le gustaba bromear y contar chismes."

Pellizcó el papel de estraza y un rayo azul egeo se estrelló contra la gigantesca marquesina metálica. Azul y blanco, como la bandera griega. A fin de cuentas algo tenía que ver con todo aquello. Eran los dos primeros ejemplares de ULISES que, Sylvia, contra viento y marea (añádanle la inexperiencia), había decidido editar, y editó... pues cuando una mujer promete ¡cumple! Joyce (que también cumplía (años)) se desayunó con el tremendo tomo encima de la mesa.


Poco a poco la novela se fue convirtiendo en lo que es ahora y B. Shaw, V.Woolf (40 años) que está ocupada en "El cuarto de Jakob", y otros... tuvieron que ir comiéndose sus palabras poco a poco. Algunos años después, Adrienne la editó en francés. Djuna Barnes que había sido enviada a París para entrevistar a Joyce; cuando supo de qué se trataba, no pudo, apabullada, seguir escribiendo... hasta que el 1928 apareció su "Ryder". 


Es el año de "Tierra Baldía" del spengleriano Elliott, de la versión inglesa del "Tractatus", de "Babbit". Fitzgerard (26 años) está con su primera novela. Dos Passos está a un paso de acabar "Tres soldados". Cumming (28 años) convierte su experiencia de guera en "La habitación enorme". Pound (37 años) ya ha dado muestras de su filofascismo y se ha labrado un nombre. Faulkner (25 años) ha publicado algunos relatillos y poemas. Steinbeck (20 años) es demasiado joven. Gide (52 años) tiene en mente "Los monederos falsos". 
Pessoa inicia su correspondencia con Ofelia y Kafka la suya con Milena. Y miren Uds, el premio nóbel se lo concedieron a Juan Ramón Jiménes, poeta y pedorro: "Por la feliz manera en que ha continuado las tradiciones ilustres del drama español". Proust se estaba muriendo y la noticia acabó de hundirlo.

 Kafka, perdido en "El Castillo" e imaginando "Un artista del hambre" (1924), anota en su diario: "Felicidad de estar con la gente". Por la noche, quizás por ese exceso de optimismo: insomnio y pesadillas (o al revés).
...Y Breton, exactamente quince años más tarde, recibe los 1800 ejemplares de su Amour fou, insuficientes para calmar el hambre canina dela areja. la edición vagó por las estanterías durante cuatro penosos años.


Cuando me vengo a dar cuenta son las doce pasadas y estos son capaces de dejarme sin comer. Así que abandono la terraza y paso al interior. Se hace un silencio sepulcral, correspondiendo a lo que parece ser una momia del imperio medio. Una estufa conmemorativa. Mesitas para dos o cuatro. Grandes ventanales... y un cierto contagio de la estética hispana. Se ve que el "Burrito" y la "Casa Pepe" pegan fuerte. Elijo una mesa junto a la cristalera. Cuando me despojo de las prendas de abrigo, me quedo en nada. Los clientes, escasos, contemplan asombrados la transubstanciación. Junto a mí un cúmulo (¿túmulo?) de ropa- vieja-arte povera.

- Soyez bienvenue!- y deja sobre la mesa el libreto.

- Y que lo diga.... ¡un frío que pela!

- Alguna cosa de aperitivo?

- Déjeme que lo piense.

El camarero se mantiene impávido, inmóvil y lápiz en mano... dispuesto a anotar, de forma indeleble, cualquier palabra que, a partir de ahora, salga de mi boca. El silencio se espesa. Mi pedido parece que vaya a hacer época. Los clientes lo recordarán durante todas sus vidas: ¡Yo estuve allí...y lo oí todo!

- ¡Caracoles!... con mostaza de Dijon y una botellita de Borgoña.

Parece que esto le ha hecho daño: Contrae los labios, frunce el ceño, un espasmo le recorre, la punta del lápiz se quiebra...así empezó la primera guerra mundial.

- Bueno, pues lo que Ud. desee...¡y no se hable más!

Se retira y vuelve con un mantelito con la imagen de Descartes que afirma: "como, luego existo", sobre el cual deposita un plato con jamón reseco, salchicha seca, paté del Aveyron, más jamón y pepinillos en vinagre. Una hebra de pasta amarilla une los ingredientes formando un organigrama repulsivo.

- E, voilà. C'est l'assiette Descartes: con su jamón, su paté, sus pepinillos y su mostaza.

¿Estaré soñando? ¿Será posible que ésto esté ocurriendo a dos pasos de la casa de Heminway y en pleno siglo XXI?

- ¿Y el vino?

La ocupación fue una época terrible. Las libreras hicieron lo que pudieron para que los suyos no pasaran demasiada hambre ni demasiado frío. Monnier publicaba (en la zona sur) crónicas en Le Figaro donde daba cuenta de las penurias. Los libros escaseaban y las colas llegaban hasta el mismo Odeón. Se solicitaban los clásicos patrios, temerosos de que los alemanes los sacaran de circulación.

"¡Querida Sylvia! Gracias a ella, a los amigos que tiene en Touraine, recibimos un conejo casi todas las semanas. Incluso ha conseguido, tras un año de trabajo de zapa, procurarnos un pavo de Navidad."

Sylvia cerró su librería en el 41, por el asunto aquel del alemán que quería que le vendiese un ejemplar del "Finnegan's Wake". Antes de que volviera en plan teutón, Sylvia recogió velas. Cuando el militar apareció, no había ni rastro de lo que había sido una librería. Adrienne lo vio todo desde la cristalera de "Les amis des livres". Sylvia lo pasó mal. Empleó el tiempo en su amor por la Monnier y en poner orden en sus recuerdos.




Veo como el camarero atraviesa la sala con un plato de caracoles humeantes. No soporto más la rechifla. Así que yo también recojo velas y me dirijo a la "Casa Pepe". Tenía pensado tomar un Grand Marnier, pero ¡que se joda el basto!
Cerrada. Mierda. Me dirijo a Champolion y me meto en la Filmoteque. Escojo la sala roja, dedicada a Marylin. Blanco y negro. Clásicos japoneses. Lo ideal para una buena siesta. ¿Saben de dónde el nombre? ¡Del latín!: la hora sexta solar, o sea sobre las dos de la tarde. Cuando me despierto siguen los japoneses cortándose a rodajas.

Sylvia cuenta los combates de la rue Odeon y de cómo Heminway, tras limpiar de alemanes la zona, se dirigió a "liberar la bodega del Ritz".

En 1951 Monnier echa la persiana. Ese mismo año George abre en "Le Mistral" en el 37 de la rue Bûcherie, muy frecuentada desde el principio por americanos notables, entre los cuales, toda la generación Beat que no dudaban en convertirla en dormitorio. Y, ahora, por toda clase de bestizuelas.

En 1955, muere Monnier y Sylvia comienza a escribir sus recuerdos.

En 1962. Muere Sylvia Beach. Y George cambia el nombre a su librería: "Sakespeare and Company". Laure Murat afirma tajantemente que "no tiene nada que ver con la original (...). que no puede considerarse el heredero legal, ni moral ni espiritual de la señora Beach".
El retrato de Shakespeare que luce en el dintel, es el original que pintó Winzer para Sylvia Beach. Sylvia, la hija de George, ya muerto, como es natural, lleva el negocio...¡viento en popa!: café, tentenpié, libros, souvenir, préstamo, biblioteca.... y una hermosísima vista de Notre Dame: "No seas rudo con los visitantes, no vaya a ser que sean ángeles disfrazados." Adrienne los hubiera reconocido a cien leguas, sin necesidad de ese permanente recordatorio.




Me acerco a la Casa Pepe. La cola llega hasta la calle Descartes. Cuando me llega el turno, el caracartón de la puerta empieza a ponerme pegas: que si no he reservado, que si voy solo, que si le voy a joder una mesa, que dónde voy yo con esa indumentaria... Le digo que soy de la zona de Despeñaperros y que siento una nostalgia invencible, y que por la ropa... que no se preocupe que, una vez dentro, me la quitaré y pareceré otro.

-Bueno, por ser de donde es... ¡pero siéntese en aquella mesita que hay al lado del váter!

-Estoy hecho a semejante distinción.

(Parece el día de la marmota*).

Bueno, señores, aquello es impresionante de verdad. Muchas veces hemos empleado el adjetivo demasiado a la ligera. Hay que estar verdaderamente desesperado para una tarde de domingo, o quizás por eso, meterte en ese cúmulo de esencias patrias periclitadas. Una cabeza, apolillada, de toro lo observa todo con atención de muerto. Banderines del Sevilla. Una tremenda foto del Camarón. Banderitas españolas cruzando la estancia a media altura... justo para que te degolles. Jamones colgando con su cazuelita para las chorreras; cencerros, ruedas de carro, fotos, flores de plástico, jarras medievales, sillas de madera maciza, de esas que una vez colocadas no hay dios (?) que pueda moverlas. La barra... ¡Ay! ¡La barra!

Podría decirse, para resumir, que es el negativo (en todos los sentidos) de lo de Monnier. Salvando al Camarón, naturalmente.

A la hora establecida, cuando los clientes están hasta el culo de sangría y paella noctívaga, el que hace de Pepe, vistiendo una camisa blanca sin solapas, medio india, medio inca, se arranca con aquello de "Morena, la de los rojos claveles.....la reina de las mujeres... la del clavel español...", dos guitarristas, de negro, rasgan, uno, la guitarra y el otro, el requinto o guitarrico, denotando su origen aragonés. Todos juntos parecen un plato combinado de blanco y negro. Una rubia alta, delgada, vestido rojo ceñido, se levanta con dificultad y con dificultad, debido a los desperdicios, se lanza sobre Pepe. Pepe la coge por la cintura y empieza a darle vueltas sobre su eje: "Morena... la reina de las mujeres..." Sólo imaginar el paisaje que la rubia verá en sus circunvalaciones, da vértigo. El camarero me trae una Cruzcampo y una guindilla. Así pasan las horas. Al cierre, Pepe, emigrante de los setenta, da rienda suelta a su vena melancólica y nos deleita con un pasodoble de creación propia en que manifiesta su nostalgia y deja constancia de que no todo ha sido un camino de rosas. Y así acaba, de esta forma tan melancólica, acaba la velada.

La Cruzcampo está caliente y la guindilla, fosilizada.

Los del Colegio de Patafísica hubieran fundado, sin duda, su Colegio en esta cueva, en vez de hacerlo en "La Maison de les amis des livres". Lástima que en el 48 el verdadero Pepe aún no hubiera levantado este emporio del mal gusto (y sabor).

A Sylvia Beach

¡Te saludo, oh mi hermana nacida allende el mar!
He aquí que mi estrella se juntó con la tuya,
no fundida en el fuego del primitivo sol,
mas viva, exacta y nueva en su gracia extranjera,
pródiga de tesoros que recogió en su curso.

Atenta a las promesas que en los ojos del hombre
escribe nuestra Madre, cantaba, solitaria,
el brillo y el oriente de diamantes y perlas.
Ocultaba en mi pecho como un pájaro frágil,
la esperanza medrosa que se nutre de mieles.
Consagraba al pudor, cruzados lienzos blancos,
la conciencia naciente bautizada con llantos.
¡Gracias a ti, oh hermana, puedo escapar, ahora,
a esos tormentos, a esas miserias y pesares!
Recobro ya mis fuerzas, y si amo la Noche,
si escruto todavía sus últimos terrores
es para madurar la paz de un día postrero.

Ya nos ve Mediodía una frente a la otra
de pie en nuestros umbrales, al borde de la calle,
suave río de sol que tiene en sus riberas
nuestras dos Librerías.
Tras la labor levanta Mediodía tus manos
y las mías, es hora de almuerzo y de silencios,
y aviva los destellos, en las señas que hacen,
de la llama que esconden aún nuestros países




"Les heures chaudes de Montparnasse", Jean-Marie Drot.

































martes, 14 de enero de 2014

Propuesta para hoy 10 de enero. Le Boeuf sur le toit. Radiguet. Bronia, Radiguet y René Clair.



El violinista en el tejado.
La gata sobre el tejado de…
En la Latina, no lejos de la madrileña Plaza de la Cebada, donde se juntan Santa Ana y Bastero encontrarán Udes. un bar perfecto donde tomarse un respiro (y unas cañas) para sus alocadas incursiones en el Rastro: La cabra en el tejado. A mí que soy del pueblo donde solventes estudiosos han localizado el origen de la voraz y atrabiliaria cabra murciana, no me sorprende nada que proceda de esos rumiantes de sonrisa diabólica, a lo Carpeaux.


Pues eso, tómense unas cañas (y un respiro) y rememoren, rememoren… rumien, rumien… y lean "El peatón de París" de Leon-Paul Fargue.+ y esta mi entrada se tornará inútil.

I
10 de enero 1922. Hace una semana que Sylvia Beach ha recibido el primer ejemplar de Ulises.
Una pequeña, desde el punto de vista cuantitativo, multitud se agolpa a las puertas del 28 de rue Boissie d’Anglas, en la rive droite. Desde el punto de vista cualitativo, es portentosa. Suena música estridente. Está a punto de producirse un acontecimiento memorable: la inauguración de Le Boueuf sur le toit.
II
No tengo más remedio que referirme al repugnante Paul Claudel, hermano de la mártir Camille (no incluida en la una de las odas más fascistas de la historia de la literatura: “A los mártires españoles”) y al servicio de la diplomacia del estado francés. Durante su estancia en Brasil, tuvo como secretario a Milhaud, el músico. En 1918 Milhaud está de vuelta en París. Mientras tanto ha tenido lugar el ruidoso estreno de Parade (Satie, Picasso, Cocteau…). Los ballets rusos triunfan por todo lo alto.

A iniciativa de Milhaud y bajo la amable hégida de Satie (y la dirección artística del halitósico Cocteau, que estaba en el acmé de su existencia) aparecen los “Nuevos Jóvenes”, potassons, que se transmutarán (1920) en “Les Six” (que nunca fueron seis), emulando a “Los cinco” de Balákirev. Satie, que suena a siete, acaba de abandonar (es un decir) el grupo. Les une todo aquello que les separa del wagnerismo y sus derivaciones.

Milhaud ha vuelto cargado de ideas y de ritmos. Sin ir más lejos ha traído una composición de título inestable: Le Boeuf sur le Toit, ligeramente inspirada en un tango de carnaval  de José Monteiro y que había sido grabado recientemente (¡para Odeón!) por la banda de Batalhao Naval.


Para ser exactos se trataba de una especie de ballet sin título; adoptó el de Monteiro poco antes de ser estrenado en la Comedie des Champs Elisées. Fue el 20 de febrero de 1920, justo un mes después de la muerte de Modi y del suicidio de Jeanne… el muerto al hoyo y el vivo al bollo… Éxito total… que celebraron en el Gaya. No hay ni que decirlo, pero, vamos, fue Cocteau quien sugirió la idea de convertirlo en un ballet con argumento y tal… en la línea de Parade, cuyo rebufo querían aprovechar. El conocimiento del argumento, no exento de gracia, se lo supongo a Udes.

III
Un tal Schwartz, alemán, compró, para invertir, dijo, un bajo en rue Duphot y no sabiendo qué hacer con él, actuó como un emigrante español: montó un bar. El tal Schwartz estaba liado con el padre de un joven músico, Jean Wiener (… Infórmense Uds. Infórmense). El joven, que asistía a los sábados de Cocteau, lo organizó todo para que el local fuera un éxito: sería el refugio de Les Six y de todos los adoradores de Cocteau. El nombre estaba cantado: Gaya. Louys Moyses y sus hermanas dirigirían el establecimiento. Wiener tocaba el piano y el acomodaticio Cocteau, la percusión… con las herramientas que le había prestado Strawinsky. Doucet haría funcionar el tremendo Orpheal

El éxito fue total. La combinación de cutrez y elegancia era imbatible. Allí se encontraban, culo con culo, desde el Príncipe de Gales hasta Brancusi, pasando por la multitud que componían los Ballets rusos y ese Bébé siniestro, de nombre Raymon Radiguet que, a la sazón, rompía relaciones con la desolada Alice-Marthe y las empezaba con Beatriz Hasting, la que fuera amante de Modigliani antes de conocer a Cocó de Nuit. 1920 corría hacia su final, el Gaya se iba quedando pequeño y el diablo Radiguet empezaba a novelar su experiencia de guerra.

–¡Camarero. Póngame una de calamares y una cervecita! Y, perdone, digo yo… eso de la cabra… ¿de dónde viene?

–El tejado no soportaría más peso. Y lo más parecido que hemos encontrado ha sido una cabra.
–Entiendo.
IV
Cocteau tuvo su verdadera edad de oro entre 1918 y 1923. En esos años puso los cimientos de su incierta gloria. Desde un pequeño restaurante de la place de la Madeleine apacentaba el rebaño de la juventud más inteligente, más chic y más alegre de París:  Wiener, Jean Hugo, bisnieto del bisabuelo, recién casado con Valentine, Radiguet, Satie, Raval, Milhaud, Auric, Poulenc, Honneger, Aragon, Breton, Morand, Tzara, Brancusi, Picasso, Marie Laurencin, Picabia… Las diferencias surgirían después.


En cierta manera, estos sábados, con permiso de Milhaud, fueron la continuación de los miércoles de Apollinaire… que sucedieron a los martes de Mallarmé… que sucedieron…  Con un poco de suerte y algo de morro te salía gratis toda la semana. Eso sí… tenías que dejar las cosas claras de entrada. 

V
En plena guerra (1917) Salmón (No. No hace gracia apellidarse Salmon), que trabaja en l’Intransigeant, contacta con un viejo amigo dibujante con el fin de echarle una mano, como ya había hecho con Foujita: Dos ilustraciones por semana, en primera página. Pas mal!

Como ese colega vivía en Saint-Maur (Rabelais, Tati, Trenet…), cercado por el Marne, famoso destino de fin de semana por sus diversiones fluviales… y un poco alejado del centro de París, acostumbraba a enviar a su hijito con el encargo. Un niño de 14 años, pantalón corto y una mirada extraña, sombreada por una mecha traviesa… buen candidato a la crueldad.


Este Bébé avieso también dibuja y le arranca la promesa a Salmon de que publicará sus dibujos. Los firmará como Rajki, no hay problema. Al mismo tiempo se descuelga con un poema. Salmón lo envía a Max Jakob y consigue introducirse en L’Intran (1919) Aprovecha un homenaje a Apollinaire para leer un poema propio. Cocteau está presente. Rimbaudianamente impresionado, tomba dans les bras de la jeneuse


Desde entonces Radiguet forma parte de los íntimos del poeta de aladas manos, asiduo de los sábados de la Madeleine… y objeto de deseo general. Por entonces da por concluida la aventura con Marthe-Alice, que lo busca, desconsolada, por las redacciones. Él comienza El diablo en el cuerpo (finales del 19) y su relación con la Hastings, quien, a su vez, será amante de Katherine Mansfield, muerta el 9 de enero 1923 en Fontaineblau, dos meses antes de la publicación del Diablo en el cuerpo, 11 antes de la muerte de su autor y un año, exacto, después de la inauguración de Le Boeuf sur le Toit.

VI
El Gaya se hizo pequeño, como era de esperar. Así que el avispado Moysès lo traslada al 28 de rue Boissy-d’Anglas, a cinco minutos, andando, de rue Duphot. Todo entre Concorde y Madeleine. Era el 15 de diciembre de 1921. 




Picabia estaba pasando una temporadilla regular. Una afección del ojo (¿derecho o izquierdo?) lo tenía medio postrado. Lo trataban con cacodilato de sodio, un activador general del metabolismo, convertido, ahora, en un peligroso medicamento para reses y, de siempre, para contener la avariosis, vulgarmente denominada sífilis. En primavera se le había presentado la dolencia. Para ocupar las largas y melancólica tardes de verano y otoño, pintó un ojo, el suyo, en la parte inferior de un lienzo e invitó a todos aquellos buenos samaritanos que pasaban por su estudio de Passy a que estamparan su firma, o lo que tuvieran a bien, en la superficie, cada vez más abigarrada, del lino. Fue presentado en el Salón de Otoño… y rechazado. Los últimos toques fueron dados la  nochevieja cacodilata” en casa de la cantautora Marta Chenal, cuya famosa Marsellesa aún resonaba en los oídos de los parisinos. Duchamp añadió una segunda “r” a su Rose Sélavy. Por cierto sepan Udes. que las manos y antebrazos que aparecen en la famosísima foto de Man Ray, pertenecían a la mujer de Picabia.





Bataille estaba en el seminario, luchando a brazo tendido contra las tentaciones de Nietzsche… lejos, aún, de su Historia del ojo

El nuevo local, y sus descendientes, estarían, desde entonces, presididos por ese ojo enfermo al que nada ni nadie se le escapaba. Y unas fotografías de Man Ray, que acaba de conocer a Kiki en un bar de rue Vavin, a un tiro de adoquín de la Rotonde y le Dôme. 

VII
10 de enero de 1922. Una pequeña, desde el punto de vista cuantitativo, multitud… Cocteau ha sido quien ha elegido el nombre del establecimiento: le llamaremos Le Boeuf sur le toit y así tendremos asegurado el éxito. Estuvieron todos, bueno menos Proust. Incluso Breton se dejó caer. Picasso chismorreaba con Laurencin… Un perfume de jazmín inundaba la sala… y se detenía en seco al llegar a los dominios del Zotal. “Chanel 5” le llamaban. Coco había empezado su fulgurante (con claroscuros) carrera.


Brancusi apareció acompañado por el pequeño diablo Radiguet: tez blanca, ojos pálidos, bajo, miope, despeinado, hierático; usaba sus gafas rotas como monóculo (¡!)… y cuando liaba uno de sus cigarrillos sembraba de hebras de tabaco todo el establecimiento.  Su novela está en prensa como quien dice, pero su fama, de las manos ubicuas del halitósico Cocteau, recorre toda la rive guache. Brancusi está desubicado y le propone a Bébé ir en busca de cielos más sencillos. Pretendían llegar al sur de Van Gogh… y amanecieron en Bretaña… se equivocó la paloma, por ir al sur fue al norte… Vestían smoking y zapatos de charol. Marsella, Niza, Ajaccio. El 31 de enero estaban de vuelta en París. Del smoking les quedaba la pechera. La ropa interior quedó desgarrada en los acantilados de Bonifacio.

En Barcelona se anunciaban remedios para las almorranas y el conde de Romanones aseguraba que apoyaría al gobierno en la aprobación de los presupuestos.

Duchamp se aburre en París y vuelve a Nueva York… a dar un silencioso jaque mate al Arte. Cuando vuelva, en el 23, se establecerá una temporada en Bruselas para perfeccionar su técnica ajedrecística. En el ínterin ha muerto Proust. La mañana en que Cocteau y Man Ray por fin deciden ir a su casa a hacerle UNA fotografía lo encuentran cadáver. Radiguet, de la mano de Cocteau, asiste a las exequias. El Diablo en el Cuerpo está en la fase de correcciones. Su publicación coincidirá con el retorno de Marcel a París. La estrella Radiguet pasa a fase de supernova. Hubiera dado risa, si no fuera por lo que fue, con su güisqui, sus rayitas de coca o sus ensoñaciones opiáceas. Le Boeuf era su casa. Por lo demás, por allí pasaron todos: desde Gide con su inseparable verruga en el entrecejo y su capa desfasada,  hasta Cocó Chanel, pasando por el joven Simenon. Gide, en un arranque de amor propio, se quemó la tuberosidad cuando ya daba igual y Coco acabó, es un decir, con su capa periclitada y con todo rastro de las prendas Poiret. 

VII
Entre los más jovencitos y siniestros clientes del local: las hermanas Bronia y Tylia Perlmutter, polacas, rusas o, incluso, rumanas y los hermanos Jean  y Jeanne Bourgoint, “enfants terribles” antes de que Jeanne se suicidara y el segundo se hiciera trapense, como paso previo a una leprosería del Camerún. 




Bronia, tan ambigua y turbia como Radiguet, hace su aparición por le Boeuf a finales del 22. Ha llegado a París, desde los Paises Bajos, de la mano de Mondrian, y de su mano, supongo, se convirtió en modelo de Kisling, entre otros. Entró decidida y ataviada con un modelo de Poiret. Raymon la miró a los ojos e hizo sonar, con la izquierda, el hielo de su vaso de tubo, mientras que con la derecha se colocaba las gafas rotas como monóculo. Bronia miró a los ojos a Radiguet y se pasó la lengua por su labio superior. Las miradas quedaron entrelazadas como los reptiles herméticos de Tiresias. Era el primer amor, para ella y el último, para él. Se refugiaron en el Hôtel Foyot de rue Tournon, donde se establecería Roth antes su obligado traslado al Hôtel de La Poste, en cuyos bajos aún se conserva (¡y por muchos años!) el Café Tournon, última escala de Joseph en su decidida carrera hacia el infierno. En las jornadas de junio del 48 Baudelaire vivía en el 7 y Bakunin en el 10.




Iban dispuestos a contraer matrimonio. Cocteau se retorcía las inacabables manos de pura (es un decir, pues nada puro hubo en él) envidia y los perseguía como el tábano a la inocente Io. La muerte de Radiguet evitó la tragedia. Desde entonces, las malas lenguas, llamaron a le Boeuf sur le toit… “le veuf (viuda) sur le toit”.

IX
Bronia siguió viviendo (por suerte Coco había inventado un sencillo y elegante vestidito negro): Picabia, Duchamp, Man Ray, Cocteau… Hasta que llegó René Claire. “Relâche”, “Entr’acte”… y una serie de sainetes entre los cuales uno en los que aparecen Duchamp y la Bronia personificando a Adan y Eva según la versión de Cranach. 


René, en bambalinas, iluminaba el escenario desde arriba. Y fue entonces cuando quedó prendado de la primera pecadora, gracias a la cual, todo se nos ha hecho más soportable. Se casaron y tal… Y para poner punto y final a aquel amor desgraciado y a la época dorada de Le Boeuf (veuve) sur le toit  realizó Sous les toits de Paris, primer film sonoro del cine francés. 



X
Ya ni me acuerdo desde dónde estoy escribiendo lo que escribo. ¿Sigo en La cabra sobre el tejado? ¿Sigo en Madrid? Esté donde esté, me levanto, dejo el dinero sobre la mesa, llamo a mis Custodios volamos hacia la Valdecruces de Concha Espina o Castrillo de los Polvazares para el resto.

–¿Qué se te habrá perdido por esos polvazares?

–Volad, volad, malditas… 

–Kino, Kino… ¡quién te ha visto y quién te ve!

–¡¡Vosotras!!



En un pis-pas estamos en El Almacén del arriero, dispuestos (yo) a zamparme un femenil cocido maragato y mis Custodios a divertirse en los humedales del Jerga. Y es que los castrilludos siempre han tenido fama de arrieros: introducían en las tierras de interior los salazones y pescados que adquirían en la costa. Eran los arrieros maragatos (¿valga la redundancia?), de donde Maragatería: “Seca, pobre y fría. Comercia con animales. Centro comarcal Astorga…” Así me lo enseñaron.

Durante los ochenta, Bronia, veuve, pasa los veranos en Castrillo de los Polvazares. Que ¿cómo descubrió ese pueblo?... Pues… Infórmense Uds. Infórmense…


Los castrilludos la recuerdan vestida de blanco. El elegante vestidito negro ideado por Coco Chanel se le había quedado pequeño. 


¿Ven Udes.? Las historias se cierran en donde menos se lo imagina uno: En las estepas maragatas. 

Por la pintoresca Calle Mayor de Castrillo se pasea un buey. Los tejados de pizarra contemplan su deambular. 

Sigan informándose:











RELATO VERAZ, EXENTO DE RETÓRICA, DE UN EPISODIO (EN MARCHA) DE CORONAVIRUS.

Quizás pueda ayudar a alguien. Seguiré contando el desarrollo y desenlace... CONTACTO CON PERSONA INFECTADA. Se supone que el...