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martes, 14 de enero de 2014

Propuesta para hoy 10 de enero. Le Boeuf sur le toit. Radiguet. Bronia, Radiguet y René Clair.



El violinista en el tejado.
La gata sobre el tejado de…
En la Latina, no lejos de la madrileña Plaza de la Cebada, donde se juntan Santa Ana y Bastero encontrarán Udes. un bar perfecto donde tomarse un respiro (y unas cañas) para sus alocadas incursiones en el Rastro: La cabra en el tejado. A mí que soy del pueblo donde solventes estudiosos han localizado el origen de la voraz y atrabiliaria cabra murciana, no me sorprende nada que proceda de esos rumiantes de sonrisa diabólica, a lo Carpeaux.


Pues eso, tómense unas cañas (y un respiro) y rememoren, rememoren… rumien, rumien… y lean "El peatón de París" de Leon-Paul Fargue.+ y esta mi entrada se tornará inútil.

I
10 de enero 1922. Hace una semana que Sylvia Beach ha recibido el primer ejemplar de Ulises.
Una pequeña, desde el punto de vista cuantitativo, multitud se agolpa a las puertas del 28 de rue Boissie d’Anglas, en la rive droite. Desde el punto de vista cualitativo, es portentosa. Suena música estridente. Está a punto de producirse un acontecimiento memorable: la inauguración de Le Boueuf sur le toit.
II
No tengo más remedio que referirme al repugnante Paul Claudel, hermano de la mártir Camille (no incluida en la una de las odas más fascistas de la historia de la literatura: “A los mártires españoles”) y al servicio de la diplomacia del estado francés. Durante su estancia en Brasil, tuvo como secretario a Milhaud, el músico. En 1918 Milhaud está de vuelta en París. Mientras tanto ha tenido lugar el ruidoso estreno de Parade (Satie, Picasso, Cocteau…). Los ballets rusos triunfan por todo lo alto.

A iniciativa de Milhaud y bajo la amable hégida de Satie (y la dirección artística del halitósico Cocteau, que estaba en el acmé de su existencia) aparecen los “Nuevos Jóvenes”, potassons, que se transmutarán (1920) en “Les Six” (que nunca fueron seis), emulando a “Los cinco” de Balákirev. Satie, que suena a siete, acaba de abandonar (es un decir) el grupo. Les une todo aquello que les separa del wagnerismo y sus derivaciones.

Milhaud ha vuelto cargado de ideas y de ritmos. Sin ir más lejos ha traído una composición de título inestable: Le Boeuf sur le Toit, ligeramente inspirada en un tango de carnaval  de José Monteiro y que había sido grabado recientemente (¡para Odeón!) por la banda de Batalhao Naval.


Para ser exactos se trataba de una especie de ballet sin título; adoptó el de Monteiro poco antes de ser estrenado en la Comedie des Champs Elisées. Fue el 20 de febrero de 1920, justo un mes después de la muerte de Modi y del suicidio de Jeanne… el muerto al hoyo y el vivo al bollo… Éxito total… que celebraron en el Gaya. No hay ni que decirlo, pero, vamos, fue Cocteau quien sugirió la idea de convertirlo en un ballet con argumento y tal… en la línea de Parade, cuyo rebufo querían aprovechar. El conocimiento del argumento, no exento de gracia, se lo supongo a Udes.

III
Un tal Schwartz, alemán, compró, para invertir, dijo, un bajo en rue Duphot y no sabiendo qué hacer con él, actuó como un emigrante español: montó un bar. El tal Schwartz estaba liado con el padre de un joven músico, Jean Wiener (… Infórmense Uds. Infórmense). El joven, que asistía a los sábados de Cocteau, lo organizó todo para que el local fuera un éxito: sería el refugio de Les Six y de todos los adoradores de Cocteau. El nombre estaba cantado: Gaya. Louys Moyses y sus hermanas dirigirían el establecimiento. Wiener tocaba el piano y el acomodaticio Cocteau, la percusión… con las herramientas que le había prestado Strawinsky. Doucet haría funcionar el tremendo Orpheal

El éxito fue total. La combinación de cutrez y elegancia era imbatible. Allí se encontraban, culo con culo, desde el Príncipe de Gales hasta Brancusi, pasando por la multitud que componían los Ballets rusos y ese Bébé siniestro, de nombre Raymon Radiguet que, a la sazón, rompía relaciones con la desolada Alice-Marthe y las empezaba con Beatriz Hasting, la que fuera amante de Modigliani antes de conocer a Cocó de Nuit. 1920 corría hacia su final, el Gaya se iba quedando pequeño y el diablo Radiguet empezaba a novelar su experiencia de guerra.

–¡Camarero. Póngame una de calamares y una cervecita! Y, perdone, digo yo… eso de la cabra… ¿de dónde viene?

–El tejado no soportaría más peso. Y lo más parecido que hemos encontrado ha sido una cabra.
–Entiendo.
IV
Cocteau tuvo su verdadera edad de oro entre 1918 y 1923. En esos años puso los cimientos de su incierta gloria. Desde un pequeño restaurante de la place de la Madeleine apacentaba el rebaño de la juventud más inteligente, más chic y más alegre de París:  Wiener, Jean Hugo, bisnieto del bisabuelo, recién casado con Valentine, Radiguet, Satie, Raval, Milhaud, Auric, Poulenc, Honneger, Aragon, Breton, Morand, Tzara, Brancusi, Picasso, Marie Laurencin, Picabia… Las diferencias surgirían después.


En cierta manera, estos sábados, con permiso de Milhaud, fueron la continuación de los miércoles de Apollinaire… que sucedieron a los martes de Mallarmé… que sucedieron…  Con un poco de suerte y algo de morro te salía gratis toda la semana. Eso sí… tenías que dejar las cosas claras de entrada. 

V
En plena guerra (1917) Salmón (No. No hace gracia apellidarse Salmon), que trabaja en l’Intransigeant, contacta con un viejo amigo dibujante con el fin de echarle una mano, como ya había hecho con Foujita: Dos ilustraciones por semana, en primera página. Pas mal!

Como ese colega vivía en Saint-Maur (Rabelais, Tati, Trenet…), cercado por el Marne, famoso destino de fin de semana por sus diversiones fluviales… y un poco alejado del centro de París, acostumbraba a enviar a su hijito con el encargo. Un niño de 14 años, pantalón corto y una mirada extraña, sombreada por una mecha traviesa… buen candidato a la crueldad.


Este Bébé avieso también dibuja y le arranca la promesa a Salmon de que publicará sus dibujos. Los firmará como Rajki, no hay problema. Al mismo tiempo se descuelga con un poema. Salmón lo envía a Max Jakob y consigue introducirse en L’Intran (1919) Aprovecha un homenaje a Apollinaire para leer un poema propio. Cocteau está presente. Rimbaudianamente impresionado, tomba dans les bras de la jeneuse


Desde entonces Radiguet forma parte de los íntimos del poeta de aladas manos, asiduo de los sábados de la Madeleine… y objeto de deseo general. Por entonces da por concluida la aventura con Marthe-Alice, que lo busca, desconsolada, por las redacciones. Él comienza El diablo en el cuerpo (finales del 19) y su relación con la Hastings, quien, a su vez, será amante de Katherine Mansfield, muerta el 9 de enero 1923 en Fontaineblau, dos meses antes de la publicación del Diablo en el cuerpo, 11 antes de la muerte de su autor y un año, exacto, después de la inauguración de Le Boeuf sur le Toit.

VI
El Gaya se hizo pequeño, como era de esperar. Así que el avispado Moysès lo traslada al 28 de rue Boissy-d’Anglas, a cinco minutos, andando, de rue Duphot. Todo entre Concorde y Madeleine. Era el 15 de diciembre de 1921. 




Picabia estaba pasando una temporadilla regular. Una afección del ojo (¿derecho o izquierdo?) lo tenía medio postrado. Lo trataban con cacodilato de sodio, un activador general del metabolismo, convertido, ahora, en un peligroso medicamento para reses y, de siempre, para contener la avariosis, vulgarmente denominada sífilis. En primavera se le había presentado la dolencia. Para ocupar las largas y melancólica tardes de verano y otoño, pintó un ojo, el suyo, en la parte inferior de un lienzo e invitó a todos aquellos buenos samaritanos que pasaban por su estudio de Passy a que estamparan su firma, o lo que tuvieran a bien, en la superficie, cada vez más abigarrada, del lino. Fue presentado en el Salón de Otoño… y rechazado. Los últimos toques fueron dados la  nochevieja cacodilata” en casa de la cantautora Marta Chenal, cuya famosa Marsellesa aún resonaba en los oídos de los parisinos. Duchamp añadió una segunda “r” a su Rose Sélavy. Por cierto sepan Udes. que las manos y antebrazos que aparecen en la famosísima foto de Man Ray, pertenecían a la mujer de Picabia.





Bataille estaba en el seminario, luchando a brazo tendido contra las tentaciones de Nietzsche… lejos, aún, de su Historia del ojo

El nuevo local, y sus descendientes, estarían, desde entonces, presididos por ese ojo enfermo al que nada ni nadie se le escapaba. Y unas fotografías de Man Ray, que acaba de conocer a Kiki en un bar de rue Vavin, a un tiro de adoquín de la Rotonde y le Dôme. 

VII
10 de enero de 1922. Una pequeña, desde el punto de vista cuantitativo, multitud… Cocteau ha sido quien ha elegido el nombre del establecimiento: le llamaremos Le Boeuf sur le toit y así tendremos asegurado el éxito. Estuvieron todos, bueno menos Proust. Incluso Breton se dejó caer. Picasso chismorreaba con Laurencin… Un perfume de jazmín inundaba la sala… y se detenía en seco al llegar a los dominios del Zotal. “Chanel 5” le llamaban. Coco había empezado su fulgurante (con claroscuros) carrera.


Brancusi apareció acompañado por el pequeño diablo Radiguet: tez blanca, ojos pálidos, bajo, miope, despeinado, hierático; usaba sus gafas rotas como monóculo (¡!)… y cuando liaba uno de sus cigarrillos sembraba de hebras de tabaco todo el establecimiento.  Su novela está en prensa como quien dice, pero su fama, de las manos ubicuas del halitósico Cocteau, recorre toda la rive guache. Brancusi está desubicado y le propone a Bébé ir en busca de cielos más sencillos. Pretendían llegar al sur de Van Gogh… y amanecieron en Bretaña… se equivocó la paloma, por ir al sur fue al norte… Vestían smoking y zapatos de charol. Marsella, Niza, Ajaccio. El 31 de enero estaban de vuelta en París. Del smoking les quedaba la pechera. La ropa interior quedó desgarrada en los acantilados de Bonifacio.

En Barcelona se anunciaban remedios para las almorranas y el conde de Romanones aseguraba que apoyaría al gobierno en la aprobación de los presupuestos.

Duchamp se aburre en París y vuelve a Nueva York… a dar un silencioso jaque mate al Arte. Cuando vuelva, en el 23, se establecerá una temporada en Bruselas para perfeccionar su técnica ajedrecística. En el ínterin ha muerto Proust. La mañana en que Cocteau y Man Ray por fin deciden ir a su casa a hacerle UNA fotografía lo encuentran cadáver. Radiguet, de la mano de Cocteau, asiste a las exequias. El Diablo en el Cuerpo está en la fase de correcciones. Su publicación coincidirá con el retorno de Marcel a París. La estrella Radiguet pasa a fase de supernova. Hubiera dado risa, si no fuera por lo que fue, con su güisqui, sus rayitas de coca o sus ensoñaciones opiáceas. Le Boeuf era su casa. Por lo demás, por allí pasaron todos: desde Gide con su inseparable verruga en el entrecejo y su capa desfasada,  hasta Cocó Chanel, pasando por el joven Simenon. Gide, en un arranque de amor propio, se quemó la tuberosidad cuando ya daba igual y Coco acabó, es un decir, con su capa periclitada y con todo rastro de las prendas Poiret. 

VII
Entre los más jovencitos y siniestros clientes del local: las hermanas Bronia y Tylia Perlmutter, polacas, rusas o, incluso, rumanas y los hermanos Jean  y Jeanne Bourgoint, “enfants terribles” antes de que Jeanne se suicidara y el segundo se hiciera trapense, como paso previo a una leprosería del Camerún. 




Bronia, tan ambigua y turbia como Radiguet, hace su aparición por le Boeuf a finales del 22. Ha llegado a París, desde los Paises Bajos, de la mano de Mondrian, y de su mano, supongo, se convirtió en modelo de Kisling, entre otros. Entró decidida y ataviada con un modelo de Poiret. Raymon la miró a los ojos e hizo sonar, con la izquierda, el hielo de su vaso de tubo, mientras que con la derecha se colocaba las gafas rotas como monóculo. Bronia miró a los ojos a Radiguet y se pasó la lengua por su labio superior. Las miradas quedaron entrelazadas como los reptiles herméticos de Tiresias. Era el primer amor, para ella y el último, para él. Se refugiaron en el Hôtel Foyot de rue Tournon, donde se establecería Roth antes su obligado traslado al Hôtel de La Poste, en cuyos bajos aún se conserva (¡y por muchos años!) el Café Tournon, última escala de Joseph en su decidida carrera hacia el infierno. En las jornadas de junio del 48 Baudelaire vivía en el 7 y Bakunin en el 10.




Iban dispuestos a contraer matrimonio. Cocteau se retorcía las inacabables manos de pura (es un decir, pues nada puro hubo en él) envidia y los perseguía como el tábano a la inocente Io. La muerte de Radiguet evitó la tragedia. Desde entonces, las malas lenguas, llamaron a le Boeuf sur le toit… “le veuf (viuda) sur le toit”.

IX
Bronia siguió viviendo (por suerte Coco había inventado un sencillo y elegante vestidito negro): Picabia, Duchamp, Man Ray, Cocteau… Hasta que llegó René Claire. “Relâche”, “Entr’acte”… y una serie de sainetes entre los cuales uno en los que aparecen Duchamp y la Bronia personificando a Adan y Eva según la versión de Cranach. 


René, en bambalinas, iluminaba el escenario desde arriba. Y fue entonces cuando quedó prendado de la primera pecadora, gracias a la cual, todo se nos ha hecho más soportable. Se casaron y tal… Y para poner punto y final a aquel amor desgraciado y a la época dorada de Le Boeuf (veuve) sur le toit  realizó Sous les toits de Paris, primer film sonoro del cine francés. 



X
Ya ni me acuerdo desde dónde estoy escribiendo lo que escribo. ¿Sigo en La cabra sobre el tejado? ¿Sigo en Madrid? Esté donde esté, me levanto, dejo el dinero sobre la mesa, llamo a mis Custodios volamos hacia la Valdecruces de Concha Espina o Castrillo de los Polvazares para el resto.

–¿Qué se te habrá perdido por esos polvazares?

–Volad, volad, malditas… 

–Kino, Kino… ¡quién te ha visto y quién te ve!

–¡¡Vosotras!!



En un pis-pas estamos en El Almacén del arriero, dispuestos (yo) a zamparme un femenil cocido maragato y mis Custodios a divertirse en los humedales del Jerga. Y es que los castrilludos siempre han tenido fama de arrieros: introducían en las tierras de interior los salazones y pescados que adquirían en la costa. Eran los arrieros maragatos (¿valga la redundancia?), de donde Maragatería: “Seca, pobre y fría. Comercia con animales. Centro comarcal Astorga…” Así me lo enseñaron.

Durante los ochenta, Bronia, veuve, pasa los veranos en Castrillo de los Polvazares. Que ¿cómo descubrió ese pueblo?... Pues… Infórmense Uds. Infórmense…


Los castrilludos la recuerdan vestida de blanco. El elegante vestidito negro ideado por Coco Chanel se le había quedado pequeño. 


¿Ven Udes.? Las historias se cierran en donde menos se lo imagina uno: En las estepas maragatas. 

Por la pintoresca Calle Mayor de Castrillo se pasea un buey. Los tejados de pizarra contemplan su deambular. 

Sigan informándose:











Propuesta para hoy, día 14 de enero. Orsini. Sagrada Familia. Borges. Los Grundisse. Satie y Suzanne Valadon. Balzac. Rossini.




 1.
Aquí nos tienen Udes. parados como dos pasmarotes ateridos, mirando atentamente la fachada (1895) de la Natividad de la Sagrada Familia. Pensé que jamás tendría lugar esta escena, pero… ya ven ¡lo que puede empeorar, empeora! Hegel muerde la correa y me arrastra hacia el bar de la esquina.

Buen hombre–le digo a un cliente que se tuesta bajo una chimenea petroquímica–podría cuidarme a la bestia unos minutos mientras yo hago unas investigaciones.

–No faltaría más; para eso estamos… ¡para servir! Y tú, perro, como te muevas te desuello.

–Hegel, págale algo a este ciudadano tan ejemplar, aunque sean unos canelones... que yo no llevo suelto.



Y así, libre de impedimenta, me encasqueto un casco de obrero, el chaleco reflectante del coche y un madero, y así, de esta guisa, cual crucificado de los tiempos modernos, me cuelo al interior del monstruo, semejante, en todo, al esqueleto de ballena que tan detalladamente describió Melville. Y es que como estas gentes no pagan el IBI, yo tampoco les pago ni un café.





Donde se junta el claustro con la puerta de la Fe, perteneciente a la fachada del Nacimiento, la única que trabajó san Gaudí, se abre el portal de la Virgen del Rosario, frente al de la virgen de Montserrat. Recuerden Udes. que Roser era el nombre de la mujer del mecenas de Gaudí y que, por tal motivo, digo yo, inundó de rosas la Pedrera (y de cuentas de rosario esta entrada). También es la patrona de Gracia, dicen. Bien, pues en un lateral del portal verán Udes al demonio en forma de serpiente que entrega a un individuo de mal pelaje una manzana con forma de erizada bomba Orsini (o al revés): La tentación del hombre llamó el arquitecto a esta alegoría, más buscada que el astronauta de la catedral nueva de Salamanca o que la rana de la fachada de la Universidad de la misma ciudad. Las armas las carga el diablo o las flores del mal. A su lado: La muerte del justo

La obra en su conjunto es un equivalente a las summas teológicas altomedievales… y no digo más. Toda la fachada es, una réplica, digo yo, de la reciente, entonces, Puerta del infierno de Rodin. 

Los contactos de Gaudí con el proletariado, anarquistas incluidos, siempre estuvieron guiados por una visión vaticana, por así decir, de la cuestión social: Las ideologías liberadoras confundían las almas simples de los trabajadores y en esa confusión anidaba el odio y ese odio se expresaba de forma erizada, tal reflexionaría el artista.

Visto lo que tenía que ver, acudo al bar de la esquina. La escena es entrañable: Hegel apoya su pezuña izquierda en la rodilla del cliente y el cliente se zampa sin contemplaciones un bocadillo de butifarra.

2

Hacia las 8 de la tarde-noche de tal día como hoy, del año 1858, dos engalanados carruajes salen de las Tullerías y se dirigen hacia la calle Rossini con Le Pelletier.  Si hubiera sido a comienzos de la primavera hubieran salido de Saint Cloud; si junio o julio, de Fontainebleau; si agosto, de Vichy; si septiembre, de Biarritz… pero era enero y salieron de las Tullerías… esquivando materiales de construcción. Pues han de saber Udes. que aquel pastelazo era interminable… como la “mona de pascua” que, dicen, parece nuestro Templo Expiatorio. Por entonces se acababa de unir, mediante las dos alas del pequeño Louvre, el Louvre con las Tullerías, formando una inmensa plaza, actualmente desestructurada. 


Así que si van Udes. a París, sepan que justo detrás del arco de las Tullerías (de espaldas al Louvre) se alzaba el inmenso palacio al que se hace referencia. Los jardines quedaban ocultos por la mole… hasta que fue, definitivamente, derruida en 1883 (como Marx y Wagner) meses después de que esta Basílica barcelonesa tomara el relevo. Por lo demás, todo París estaba patas arriba.

Pues, eso, salieron dos carruajes imperiales. En uno, el primero, el séquito imperial y en el segundo, la entrometida granaína Eugenia y su marido, Napoleón III para el mundo, y un chiquilicuatre para ella. Nieto de su tía política, sobrino de su abuelo político e hijo de no se sabe quién, Napoleón III fue, como saben Udes. el único presidente de la segunda república francesa y el último rey del reino de Francia: Toda una complejidad. 



Entre los dos carruajes una unidad de lanceros imperiales.

Una hora antes, del nº 10 de la cercana calle de Mont Thabor, han salido, de forma escalonada, cuatro individuos que se revelaron como Orsini, Gómez, Rudio y Pieri. Los dos últimos han tenido que darse una caminata extra desde rue Montmartre. Italianos residentes en diferentes ciudades de Inglaterra que, a la sazón, tras la derrota del 48, se había convertido en refugio de rebeldes y conjurados. Marx ha dejado, gracias a la herencia de Jenny, la miseria de la Dean Street por una casa algo más saludable, cerca de “su amada pradera de Hampstead”, por entonces en las afueras de la urbe. La prosperidad es sólo aparente: la crisis del 57 vuelve a recordarle su condición de paria. Desgracias familiares. Cólicos hepáticos. Escribe sin pausa la determinante Introducción a la Economía Política donde esboza, invirtiendo a Hegel, la concepción materialista de la historia. 


En París, Baudelaire y Flaubert se las ven con la justicia y salen reforzados del encontronazo. Rossini, en la vecina Chaussée D’Antin, se dedica a los fogones y a sus “pecados de vejez”… que no sólo se limitan a la música, como bien sabrán Udes. Verdi está ocupado con el atentado de Gustavo III de Suecia. Y Casandra (Berlioz) lanza su postrera profecía: “¡Italia!”.
Wagner, refugiado en Suiza y, encoñado con la mujer de su benefactor, está componiendo Tristán e Isolda.

Cuando la comitiva atraviesa la Vendôme, aceleran el paso para pillar sitio. Se colocan en Le Pelletier, mirando a la fachada del desaparecido teatro de la ópera. Entre ellos y los que están a punto de llegar, toda una multitud ansiosa. Uno lleva dos erizadas bombas; los otros tres, una cada uno. Los cuatro llevan pistola y, alguno, navaja: todo un muestrario de los avances en el arte de matar. El Procurador General del Tribunal Imperial tendrá ocasión de lamentar este espíritu de inventiva; y de manifestar que, pese a todo, la providencia divina no se queda atrás en la ideación de estrategias defensivas.




La bomba Orsini, por su diseño, es altamente peligrosa. Así que todo cuidado es poco… ¡No vaya a ser que golpeéis el culo de alguna señora (o señor, sí, sí vale) y os vayáis todos a tomar por ídem! No llevaban espoleta, ni ningún sistema temporizador, explotaban por presión. Vean la  reproducción y lean la descripción tal como la escribió el Procurador General en la primera audiencia del juicio.  El fulminante utilizado era el fulminato de mercurio, fácil de conseguir en Inglaterra (para la preparación de los daguerrotipos) y que en Francia se utilizaba en los llamados caramelos chinos: aquellos que los desenvolvían y hacían “pum” y todos empezaban a reírse (U.E.), algo así como nuestro sidral. Orsini, todo un genio, las encargó en Inglaterra y allí fueron probadas. Se lee que encargó seis, pero en el juicio sólo se habla de cinco. La sexta sería, digo yo, el correntaje.

El primer vehículo había atravesado el peristilo. Los lanceros lo estaban atravesando y la carroza del emperador se acercaba. Eran las ocho y media. La multitud rugía. Se oyeron tres explosiones sucesivas: la primera cayó en la última fila de lanceros, la segunda delante del carruaje, un poco a la izquierda y la tercera, justo debajo del emperador y su consorte. 


El resultado fue espectacular, pero insatisfactorio: ocho muertos y cientos de heridos. Los autores fueron detenidos esa misma noche. Orsini dijo que él no había tirado la tercera bomba. La cuarta fue encontrada a la entrada del Boulevard de los Capuchinos y la quinta en poder de uno de ellos. ¿La sexta?

La pareja salió como si nada, chapoteando y quitándose el polvo de las hombreras.

El precio medio de la vivienda está en 11.000 euros el metro cuadrado.

Allí los únicos que fueron obligados fueron los animales de tiro. El resto dijo aceptar de buen grado el polvo que se levantaba en la era. De los dos caballos que arrastraban el carruaje imperial, uno recibió más de 20 impactos y murió al instante y el otro, gravemente herido, cayó y se hizo el muerto. Sobrevivió. 25 caballos de la guardia de lanceros fueron heridos de gravedad; dos de ellos murieron al instante y tres, al día siguiente. Su destino no cupo en los libros de historia. Si hay dios… ¡que los tenga en su gloria!
En fin,  todo un destrozo: cristales, farolas de gas, que expandieron pequeños incendios desorganizados, pavimento levantado… ¡lo normal! Haussmann les agradeció el empujoncito. Monsieur Crescendo había dedicado una oda, o lo que fuere, a Napoleón III y otra al Papa, los objetos más odiados por Orsini y los suyos, por la cuestión romana. Napoleón III aprovechó para iniciar una nueva oleada represiva… ¡lo normal, vamos!

3
Fueron conducidos a Saint-Pélagie (hogar provisional de ilustres: Cuourbet (“Bonjuor, Monsieur Courbet”) Daudier, Galois, Nerval, Sade…)  detrás del Jardín des Plantes, a la espera de la cuchilla. 


Los más afortunados, desde la última planta de la prisión, se deleitaban con tan lujuriante visión. Añadir que la prisión fue ideada por miembros de la familia del primer marido de Josefine, madre de Hortensia, la esposa de Luís Bonaparte (cornudo y hermano del gran Napoleón), y madre de Napoleón III. Jerónimo, otro de los hermanos, reinaba en Westfalia cuando la hermosa Jenny de Westfalia Marx empezaba su gestación.
Orsini dijo que consideraba su bomba en tanto valor de cambio, no de uso; y en condición de tal, se la traspasó a un italiano desconocido quien, ese sí, la convirtió en valor de uso. Añadió, además, que precisamente en esa doblez de la mercancía radicaba el origen del beneficio y quiso extenderse más pero el Presidente le atajó, instruido, diciendo que los estudios pioneros en ese tema aún no habían sido publicados y que, por lo tanto, no aceptaba la argumentación defensiva. Que ya veríamos, dijo. 



A Marx le silbaron los oídos.

De los cuatro fueron degollados dos. Gómez, napolitano, fue condenado a trabajos forzados de por vida, algo que él no consideró una condena especial: era lo normal… y por lo menos, se dijo, aquí me darán un mendrugo. Rudio, destinado a la Isla del Diablo, se escapó de la cárcel… ¡para ir a morir en la batalla de Little Big Horn! junto al impresentable general Custer. Fue, de los cuatro, el destino más vergonzoso.

Y es que la Ópera tiene sus peligros. En la mal llamada transición, esperábamos, dispuestos, en la puerta del Liceo con una docena de huevos. El mismísimo Napoleón Bonaparte estuvo a punto de palmarla cuando se dirigía al estreno parisino de La Creación de Haydn. Fue la primera aparición del coche-bomba. Y no hablemos del Liceo. Aquello fue la rehostia. Dos meses después del atentado contra Martínez Campos, en que debutó la bomba Orsini en nuestros lares, el vengador, y turolense, Santiago Salvador arrojó dos bombas Orsini desde el Paraíso del Liceo y generó un Infierno en la platea: 22 muertos ¡22! y 35 heridos. Los amigos de lo ajeno (¡que estaban dentro, oigan!) aprovecharon para robar carteras, joyas y relojes a los muertos y heridos. La segunda bomba no explotó: cayó sobre el tremendo vestido de una muerta y los “pinchitos” no accionaron el fulminante. 


Nicomedes Méndez, el puntillista, el meticuloso, le dio garrote utilizando, por primera vez, la variante catalana que, decía, mataba antes y más limpio. Fue, vamos a dejarlo así, como un guiño a Rossini que había introducido una variante sustancial en los tradicionales canelones catalanes.

¡¡La bomba cayó sobre la fila 13!!

Orsini prefería los espaguetis a la carbonara.

La tercera vez que se utilizó en la  piel de toro una bomba Orsini fue con ocasión de los esponsales de Alfonso XIII. Tuvo Morral la delicadeza de lanzarla dentro de un espeluznante ramo de anémonas y nomeolvides. Como aquellos ramilletes desesperados que crucificaba Toulouse- Lautrec en la puerta de su maîtresse Suzanne Valadon.

Pásense ahora por el Portal del Rosario y contemplen La tentación del hombre.

Hegel sigue con su pezuña sobre el cliente que, apoyados los brazos en la mesa y la cabeza sobre los brazos, echa una siestecita del carnero.

4
Tal día como hoy, del año 1893, el mismo de la bomba del Liceo, Satie se propone en matrimonio a Suzanne Valadon. Busquen Uds. en el Blog y sabrán alguna cosa más de esa denodada mujer y madre y destinada, por ello, al martirio, que esquivó gracias a su entereza y hermosura. 

https://kinomoriarti.blogspot.com.es/2014/09/propuesta-para-hoy-dia-9-de-septiembre.html

 La “petit Biqui” (“Bonjour, mon petit Biqui”) no correspondió de la forma que el músico deseaba. Fueron cientos de cartas, siempre en la misma dirección. Satie se mantuvo fiel al recuerdo y jamás cató otros labios. En la calle Cortot, Montmartre, estableció su guarida, algo más grande que un armario ropero. Suzanne le siguió y se alojó en lo que es ahora el Museo de Montmartre. 





Satie fue un profeta, como Casandra. Menos es más, decía. Lo pequeño es hermoso, completaba. La repetición es el orden melancólico de la vida. Sin que nadie, por lo visto, fuera consciente, influyó en Debussy, Ravel e, incluso, retrospectivamente en Rossini: Sus “pecados de vejez” musicales, es pura música para amueblar, que se dice. Piezas cortitas que el italiano dedicaba a su perro en el día de su cumpleaños o que escribía a instancias de su previsora esposa Olimpia. 


Vexacions” (Véase entrada…), puso punto y final a su estancia en París. ¿Qué pinto yo en París, si Suzanne no me ama?, se dijo. Por lo menos ella  PINTA, concluyó. Y se largó a las afueras. Alquiló otro cubículo que, tras su muerte, se descubrió lleno de las cosas más inútiles y poéticas que se pueda imaginar. Al mismo tiempo que se consumaba este triste traslado, Munch presentaba El Grito. Miró, nacía y el Canal de Corinto se abría en canal. Eugenia de Montijo que había asistido a la inauguración del de Suez, se perdió esta, sin duda más modesta. Los canales y el imperialismo colonialista. El de Panamá, tan arduo como la Sagrada Familia, estaba en obras y tragándose a cientos de trabajadores cada mes.

Accidentes laborales que nadie anotó en su DEBE.

5
“El 14 de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto”.

No fue hamletiana la tal Emma. Forjó su plan con rapidez de centella y prevención de centollo. Borges en estado puro: Nada es lo que parece. Infórmense Udes. Infórmense.




Sin embargo, Borges se equivoca. El 14 de enero del citado año no cayó en jueves sino en sábado y había luna llena. De tal manera que el desenlace no habría tenido lugar el sábado 16 de enero, sino el lunes 16 de enero: Mal día para empezar la semana cadáver, sobre todo si se trata de un gran empresario acuciado por una huelga inminente.
Otro detallito, para que capten mi naturaleza pejiguera. Emma, aturdida por la sorpresa, arroja la carta al cajón de su cómoda; cuando, al día siguiente, la recupera, tiene que apartar una fotografía (¿dedicada?) de Milton Sills, actor de moda. 


El detalle dificulta (o añade extrañeza) la comprensión cabal de su gesto. Loewenthal guardaba, como es natural, un revólver en el cajón superior derecho de su escritorio. Emma no tuvo que apartar ninguna foto dedicada. Estaba dispuesto, cargado y cebado, que se dice.

Tres años antes, el 14 de enero del año 1919, martes, se firmó en “armisticio” que puso fin a la “semana trágica” argentina, pues las ha habido en todas las latitudes.



6
Rossini se había establecido en París en 1829, el mismo año en que compuso su monumental (y última ópera) Guillermo Tell, justo en el momento en que Balzac empezaba a firmar con su verdadero nombre.. Por entonces Adam y Tadeo Paz, ambos polacos, aunque el segundo del linaje de los Pazzi, hacen su aparición por el Bouleverd de los Capuchinos (La amante imaginaria, Balzac), y Madame Soulanges recupera su anillo en Causée D’Antin, a dos minutos de la casa de Rossini (“La paz del hogar”, Balzac) 


Los polacos, pese, o quizás por ello, a haber aportado sangre revolucionaria donde se necesitó, eran mal vistos. En 1835 no había peor insulto en la Ciudad de la luz, que por entonces se alumbraba con gas y estopa. Chopin (polaco) se había instalado (1831) en Poissonnière, 27; a cinco minutos de la casa de Rossini, que compartía la repulsa. También Liszt, que no era polaco, se había instalado el feudo de Luis Felipe Libertad; con el polaco desarrolló su vena romántica. La peste del 32, les pasó por encima.

Su compañera era de ascendencia polaca.

Adam, Tadeo Paz y la esposa del primero, amor secreto del segundo, asisten a una representación de Guillermo Tell en la sala de Le Pelletier. Allí empezó todo.

¡Infórmense Uds.! ¡Infórmense!

Y es que Guillermo Tell es a la música lo que El guardián entre el centeno a la literatura. Ambas tienen un halo amenazador: Napoleón III se dirigía a disfrutar de esa inconmensurable obra. Y así lo hizo, pese a todo. La burguesía del Liceo no pudo deleitarse con la escena de la manzana ni extasiarse con aquello de “independencia o muerte”. La bomba estalló en el segundo acto y no dio opción.

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Lean Udes. La mujer mayor (El Informe de Brodi. Borges), si quieren acumular otra efeméride.
Hegel y el amable cliente parecen un grupo escultórico descolgado de la fachada de la Sagrada Familia. O una actualización de san Roque y el perro; herida incluida. 


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1929.

Mientras en Wall Street se hunde la bolsa, un joven, destinado a la inmortalidad, traslada a su nuevo apartamento a la joven que ha conocido en un club de alterne de los alrededores de Alexanderplatz.

 

Berlín estaba patas arriba y abierta en Kanal. El ramal suburbano de Tempelhof se inauguraba por entonces. El desorientado Franz Biberkopf bien pudo haber tomado el metro para ir a la Alexander y olvidarse del funesto 41. En otoño, las cosas, que no iban bien, empezaron a ir a peor: Parón en las inversiones y exigencia de devolución de préstamos. Colas de parados, indigentes, sinvergüenza… Los tullidos volvieron a sacar sus ortopedias y se apostaron por las esquinas. Al jueves negro que había seguido al miércoles negro de Franz Biberkops, le siguió un viernes negro… y toda una década parda. En las elecciones de septiembre de 1930 socialistas y comunistas estarán en condiciones de parar los pies al exitoso NSDAP. Una estrategia equivocada, por suicida, permitirá que el nazismo vaya apoderándose de las instituciones del estado.

En este ambiente polarizado y eufórico (1929), Hort Wessel se dedica al proselitismo pardo. Hace cuatro años que ha ingresado en las filas del partido y ya es Truppführer de las S.A. en Friedrichshain, el bastión obrero de las tres L (Lenin, Luxemburg y Liebknecht) y receptor prioritario de los efluvios del matadero municipal. Es un tipo convincente; tiene, además, algo de poeta (épico, naturalmente), pocos años y un gran futuro, como demuestra esta estrofilla:

 

“¡Izad las banderas!

¡Cerrad filas!

¡Las S.A. desfilan con paso firme!”

 

El mayor misterio del amor es el hecho de que todos, todos, oigan, hemos sido amados en algún momento de nuestras vidas… aunque sólo haya sido por la madre que nos parió. Y ese detalle, el haber sido amados, el haber sido recipiente de las esperanzas de otro, debería etc, etc…

 

 


También fue amado el tal Wessel. Y amó: Erna Jaenicke, prostituta en el Café México, de la Alexanderplatz. Fue correspondido. La llevó a su nuevo apartamento en la Gross Frankfurterstarsse (nº 62), esa gran avenida que cruza el barrio de Friedrichshain y que después, tras la reconstrucción, se llamó “de Stalin”,  y que después, tras la muerte de Stalin, fue bautizada como “Karl Marx” y, ahora, simplemente, Frankfurt Allee, continuación de la Karl Marx Allee.

 

Pues, ya digo, el crack coincidió con el traslado de la joven al apartamento del Hort.

 

La casera, ¡Harta!, exigió, puesto que habían aumentado los moradores, un aumento del alquiler. Ni Erna ni Hort estuvieron de acuerdo.

 

El 14 de enero de 1930, o sea tal día como hoy, Albrech Höhler, miliciano del Rotfront, proxeneta en el México, asiduo de las comisarías y amigo del marido de la viuda Harta, fue a poner orden: Él y dos más. Le aplicarían un correctivo proletario: sin armas, pero contundente. La cosa fue que Hort, por lo que fuera, se echó la mano al bolsillo del pantalón y Albrech le descerrajó un tiro en la boca, así que la víctima no pudo articular excusa alguna, y el correctivo proletario se convirtió en otra cosa.

 

Quizás el motivo fuera otro.

 

Murió al cabo de un mes.

 

Días antes Goebbels (¡qué mala pata tienen los cojos!) hizo una visita a su discípulo… y anotó en su diario: “Como en una novela de Dostoyevski. El idiota, el obrero y la ramera. Esta es la vida de este iluso soñador de 22 años”.

 

Al día siguiente al entierro escribió: “Un joven enseña a nuestro movimiento cómo se puede morir y, si es necesario, cómo se ha de morir”

 

Y días después dejó establecidas las bases del culto al mártir Hort Wessel.

 

A partir de entonces la estrofilla se convirtió en el himno de las S.A. y de todo el movimiento.

 

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“El 14 de enero de 1941, María Justina Rubio de Jáuregui cumpliría cien años. Era la única hija de guerreros de la Independencia que no había muerto aún”…

“… Hasta 1929, en que se hundió en el entresueño, contaba sucedidos históricos, pero siempre con las mismas palabras y en el mismo orden, como si fueran el padrenuestro, y sospeché que ya no respondían a imágenes. Lo mismo le daba comer una cosa que otra. Era, en suma, feliz.”

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14 de enero de 17... 

Última carta de la señora de Volanges a la señora de Rosemonde:

"... Adiós , mi querida y digna amiga; en este instante experimento que nuestra razón, tan insuficiente para prevenir nuetras desgracias, lo es todavía más para consolarnos después".

Fin de "Las amistades peligrosas"














RELATO VERAZ, EXENTO DE RETÓRICA, DE UN EPISODIO (EN MARCHA) DE CORONAVIRUS.

Quizás pueda ayudar a alguien. Seguiré contando el desarrollo y desenlace... CONTACTO CON PERSONA INFECTADA. Se supone que el...