27 de enero 2026
1
Así como Barcelona se descoyunta y sintetiza en BAR-CEL-ONA, San Peterburgo, “la Palmira del norte” se sintetiza en AGUA-PIEDRA-CIELO.
Nacida como “ciudad ideal” y depositada cuidadosamente en inestables marismas, es la ciudad “más enigmática y lúgubre del mundo” (Nabokov), “la más abstracta e intencional de todo el ancho mundo” (Dostoievsky), contradictoria, teatral, fenómeno único “con personalidad de máquina” (Benois). Roma eterna o Nueva Roma… Yo añado, forzando el aforismo: la realización horizontal de un deseo vertical.
Su construcción fue un milagro. En muchos sitios está relatado. Granito de Finlandia y Carelia. Mármol de Italia, de los Urales y de Medio Oriente. Pórfido de Suecia. Diorita y pizarra del Lago Onega. Arenisca de Polonia y Alemania. Travertino de Italia. Azulejos de Paises Bajos y de Lübeck. Piedras calizas de Roma…
Se les desató la glándula poética e hicieron traer Peonias y toronjiles de Persia, peces ornamentales de Oriente y pájaros canores de Brasil, como el Uirapuru, la Maria-leque, el Falcao-relógio, el Quero-quero o el melancólico y solitario Urutau.
Alguien, que sabía de memoria el calendario revolucionario francés, sugirió importar la decorativa matacabras también llamada hoja de san pedro, por aquello de la memoria histórica y tal. Otro, con más sentido, hizo ver que la ausencia de cabras en los alrededores hacía inútil tal planta: “En no habiendo cabras, pa qué”, dijo en perfecto castellano. “Además, añadió, la leche de nuestras campesinas…”
Aves y plantas murieron con los primeros fríos. El nicho rápidamente fue ocupado por palomas, gorriones y, como es natural, gaviotas… sin hablar de los que transitan la zona ora en una dirección ora en otra.
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Casi todo lo que sabemos de literatura rusa (que no es mucho ¿verdad? Y casi todo de oídas) está asociado a Petrogrado, San Peterburgo, Leningrado, Peter… Naturalmente así sucede con Pushkin, el primero entre los grandes. Leningrado está lleno de monumentos que recuerdan al poeta o que lo celebran directamente.
Por neta curiosidad les anoto la presencia de una estatua del poeta en los jardines de la Quinta del Berro en Madrid, donada por la ciudad de Moscú en el año 1981. Enterados Tejero y los suyos asaltaron el Congreso al grito de “¡Muera Pushkin!” Cuando se pudo se correspondió y el ayuntamiento de Tierno Galván regaló una réplica de la estatua del Cervantes de Manuel Solà que fue colocada en el Parque de la Amistad de la capital rusa.
3
Los Gontcharov tenían tres hijas: De las dos mayores, una era elefantina (por el tamaño, no por lo marfileño o ebúrneo), y la otra era estrábica. La menor, Natalia de nombre, heredó lo que a aquellas les faltó: la belleza y el porte. Así que, como es natural, fue destinada a la salvación financiera de la familia, por entonces al borde de la quiebra total. Con un cabeza de familia loco y una administradora cuya única esperanza era hacer rular a su retoño con el fin de que encontrara cobijo en la casilla adecuada, poca esperanza había que la cosa acabara bien. Natalia era, lo que se dice, un encanto e, incluso, se dijo, una de las mujeres más hermosas de San Peterburgo (¡o Rusia entera!)… Además era una niña. Aterrorizaba. Sólo el negroide poeta, cuya fama todo lo soportaba, se acercó a ella con las brasas en sus labios abisinios como cúpulas moscovitas. Corría 1830 y el poeta escribía: Mozart y Salieri, una versión diferente del asunto.
No es necesario advertir de que no se trata de Natalia Goncharova (Larionov), pintora del siglo XX. Es GonTcharova, no Goncharova.
Su situación personal era, como mínimo, comprometida. Pushkin no era un mindungi: De las mejores familias, adoptado por el zar, estudiante en el nobilísimo Lyceo asociado, y hoy desaparecido, a los palacios de Tsarkoye Seló, admirado como poeta, envidiado como aventurero. La policía no le perdía ojo… Él seguía, interesado, los acontecimientos de Francia, donde la Libertad guiaba al pueblo. Lógico que la suegra se lo pusiera difícil.
Huyendo de Luis Felipe, los partidarios de Carlos X iban llegando a Rusia. Entre ellos, un magnífico ejemplar: Georges-Charles d’Anthès, protegido del embajador de Holanda… que lo utilizó para un roto y un descosido. También logró hacerse imprescindible en recepciones y celebraciones todas, donde Natalia era el centro: la joya de la corona zarista. Por nada del mundo le hubiera permitido la retirada Nicolás I.
Bueno, sea como fuere, el poeta logró hacerse con el tesoro. Hasta el zar se mostró celoso. Y para hacerlo notar nombró al abisinio ayudante de cámara, que con faldón corto y calzas hasta las rodillas, paseaba su ridículo por los salones inabarcables e inacabables de la corte…
5 partos en 4 años y su belleza se acrecentaba. Pero melancolía acechaba.
Estaba cantado que D’Anthès asaltaría la fortaleza Natalia (para sí o para su protector). Habladurías.
Pushkin deseaba desaparecer, pero lo tenía prohibido. Las deudas (y la familia) lo asfixiaban.
El 4 de noviembre de 1836 recibió el famoso anónimo que se encuentra en el museo dedicado al poeta. Y es que a todos nos llega, en algún momento, el momento decisivo que determinará lo por venir, el momento crucial que convierte nuestra vida en otra:
“Los Grandes Cruces, Los Comendadores, reunidos en Gran Capítulo bajo la presidencia del venerable Gran Maestre de la Orden, S.E.D.L. Naritxkin, han nombrado por unanimidad M. Alexander Pushkin coadjutor del Gran Maestre de la Orden de los Cornudos e historiógrafo de la Orden”
El Secretario perpetuo: Conde J. Bortx”.
Toda llena de indicios, aunque ninguno apuntara directamente a D’Anthés. La carta llegó a varios destinatarios. El asunto está definitivamente aclarado.
El poeta lo tomó como obra del embajador y de su “hijastro” y retó en duelo al francés. El holandés no quería perder su tesoro, así que llegaron a un apaño: D’Anthès, para mostrar su desinterés por la bella, se casaría con la elefantina y “aquí paz y después gloria”. Así se hizo… Pero el caballerete, pese a la humillación, seguía insinuándose a la bella Natalia a la vista de toda la corte. ¡A éste lo mato y se acabó… o lo dejo cojo, o manco…! Pushkin estaba acostumbrado. Un duelo más o menos no significaba nada en su corta biografía. Nadie quería este desenlace, sólo el abisinio.
El 25 de enero recibió otro anónimo. El africano no lo soportó… No había excusas. El 27 sería la fecha. Lo de juliano o gregoriano no lo tengo claro. No dijo nada a Natalia. Nadie sabía nada del juliano ni del gregoriano. Pasarían a la historia… seguro!... y los devotos nos quedaríamos para siempre con la duda de si lamentarnos un día o una semana más tarde.
Pushkin, se lavó a conciencia, se puso calzoncillos limpios, pulgueros, naturalmente, se perfumó (violetas, se rumoreó), salió de casa. Observó el Moika congelado y se dirigió adonde su padrino. Cruzaron el Neva, dejaron atrás la Fortaleza y, en trineo, cruzando esa Venezia de basalto helado (Babel*), se dirigieron hacia el norte, hacia la isla kameni. Cruzaron también el Gran Nevka y a orillas del río Negro se detuvieron. Allí tendría lugar el desenlace. De más decir que aquella zona aún no estaba urbanizada y también inútil decir que el tiempo era gris, el cielo, brumoso de un fulgor de fósforo (Biely); soplaba el viento y más de medio metro de nieve cubría los campos. Y que eran las 5 de la tarde (¿?). No pudieron ver que la luna, en equilibrio, se encaminaba hacia nueva.
Era como una representación del duelo de Eugeni Oneguin…¡ Y la muerte del poeta Lensky!
Qué estúpidos son los hombres, qué extraños… dispuestos a morir o matar por unas palabras que en dos días habrían olvidado.
Se estableció un duelo a barrera (infórmense ustedes, infórmense!): 5 pasos /barrera/10 pasos/barrera: 6-7 metros entre barrera y barrera. Dada la señal de acercamiento, podrían disparar en cualquier momento. Así hasta que alguien fuera muerto. Le tocó en suerte a Pushkin. Una bala aterrorizada le atravesó el estómago. Peritonitis y se acabó lo que se daba. El francés sufrió una herida en el hombro que no afectó su afectado porte.
La muerte fue fácil pero dolorosa y fea. Pidió un espejo se miró largamente. Fijó en su memoria RAM ese rictus irrepetible y pidió, a lo Proust, moras confitadas que, dijo, le recordaban la infancia. Dio instrucciones a la bella y desolada Natalia y la autorizó a nuevas relaciones… Quizás estas últimas disposiciones aceleraran su muerte. Aún no habían sonado las tres campanadas en las hermosas catedrales de San Peterburgo. Su entierro fue, dicen, una manifestación imponente de duelo nacional. En realidad el cortejo que se dirigía a Pskov, se componía de gendarmes a caballo y unas decenas de siervos a pie que le había regalado su padre. La bella se lamentaba a orillas del Moika, intentando, de puntillas, columbrar el añorado, ya, Jardín de Verano.
El zar Nicolás se hizo cargo de la penosa situación económica que dejaba el poeta.
No lejos de la casa familiar de Pushkin un joven, poeta y duelista, Lermontov (no tuvo tiempo de madurar… infórmense ustedes, infórmense), homenajeaba al joven poeta:
“¡Murió el poeta! –el siervo de la dignidad ¡Con sed de venganza y plomo en el pecho cayó difamado del rumor, inclinó la orgullosa cabeza!...
Ni un mes más tarde ya estaba el frágil poeta en la campaña del Cáucaso intentando someter a los chechenos. Nicolás era así: Daba y quitaba a voluntad.
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Vean ustedes cómo han cambiado las costumbres. Hoy, el cornudo, enterado de su condición por las redes llamadas sociales, habría estrangulado (al grito de “so puta!”) a su mujer con sus propias manos y se hubiera entregado a la policía local deseoso de engrosar el número de feminicidios y aparecer, por eso, con nombres y apellidos en la estadística infame, pero estadística al fin y al cabo. Los vecinos esperarían, todo el día si fuera necesario, a que llegaran los de la tele y poder lanzar algunas frases tenebrosas al aire tembloroso y avergonzado. Como si fuera el primer premio de la lotería de navidad.
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Para contextualizar un poco:
Wagner, recién casado con Mina, está a punto de trasladarse a Riga (Imperio ruso) para hacerse cargo de la dirección musical de la ópera local. Poe se traslada, pronto se reveló provisional, a N. York y empieza a maquinar sobre Arthur Gordon Pym. Mozart* hubiera cumplido 81 años, si no hubiera muerto a los 35. Lewis Carroll* celebraba su 5º aniversario y Sacher Masoch mordía con furia su primer chupete. Verdi* ideaba alguna canción de cuna para su primera hija, nacida casi póstuma. Berlioz daba las primeras puntadas a su Réquiem.
En España, la infanta Isabel, se prepara para convertirse en Isabel II. El reino tiembla: La reine folle. Primera guerra carlista. El bueno de Luís Candelas es el héroe de la nación. Era la edad de oro del bandolerismo. Y digo bien, porque la de ahora es la del rodio o la del iridio. El garrote vil. Bécquer, que tan bien describiría las costumbres de la reina, cumplía 1 año.
15 días después del asunto que nos ocupa, Larra, a punto de cumplir los 28, se pega un tiro en una de las sienes; no sé en cual (aunque, sabiendo que no era zurdo, es de suponer que sería la derecha) aunque teniendo en cuenta que lo hizo mirándose en un espejo, su lado derecho correspondería al izquierdo de la imagen reflejada. El entierro fue un funeral. Sólo Zorrilla que ese día cumplía sus 20 años “leyó un emotivo poema dedicado a Larra”:
“Poeta, si en el no ser
hay un recuerdo de ayer,
una vida como aquí
detrás de ese firmamento...
conságrame un pensamiento
como el que tengo de ti.”
Siempre existe un poeta vivo para cantar la muerte de un poeta (sobre todo si te tapona la vía de salida).
Lean esta curiosidad, Pushin, medio gitano, cantando al Guadalquivir:
Del céfiro nocturno
Del céfiro nocturno
éter fluye.
Bulle,
huye
el Guadalquivir.
Salió la luna dorada,
¡silen…! ¡chis!… guitarra al son.
La española enamorada
se ha asomado a su balcón.
Del céfiro nocturno
éter fluye.
Bulle,
huye
el Guadalquivir.
¡Quítate, ángel, la
mantilla!
¡Cual claro día muéstrate!
¡Por la férrea barandilla
enseña el divino pie!
Del céfiro nocturno
éter fluye.
Bulle,
huye
el Guadalquivir.
Se me olvidaba:
Hoy ha sido declarado el Día Mundial de la extracción de la leche materna (la paterna no se menciona).